Y sin embargo crees, Niña de cobre

En una vida para ti y tus deseos

Sigues intentando soñar el mañana

Mientras tu cuerpo espera a otro (1)

 

Sábado, 9 de la mañana, Plaza 2 de Mayo, hace frío, aún no implacable, pero es uno de esos días grises que anuncian la llegada del invierno. De lejos puedo divisar una chiquilla, con apenas un shorcito y un polo corto que deja ver su ombligo. Apenas puede sostenerse, es obvio que está borracha. ¿En qué infierno habrá pasado la noche? me pregunto. ¿Qué miserias habrá tenido que vivir en medio de una aparente algarabía rodeada de hombres mayores en algún bar de mala muerte? No tiene más de 15 años, la alcanzo a ver tomar un taxi y alejarse.

 

Es quizá una de esas niñas que son prostituidas en esta ciudad, una más de las miles que son prostituidas en el país entero, problemática que va creciendo y que permanece silenciada, invisibilizada, no sólo en Lima, sino en diferentes lugares del país pese a que compromete la vida y el futuro de cientos de niñas que en este trayecto dejan precisamente de tener futuro. La mirada poco cuestionadora de la sociedad nos hace cómplices de lo que les sucede a estas niñas, que en su mayoría motivadas por la pobreza caen en manos de inescrupulosos, muchas veces engañadas con la posibilidad de ser colocadas en alguna casa que supuestamente les darán no sólo un pago sino posibilidades de estudio. El sueño de salir de la pobreza está detrás de ese trayecto que inician las niñas que salen de sus comunidades hacia la capital o hacia localidades donde la informalidad o la ilegalidad prevalece, como son los asentamientos mineros en la Rinconada o las zonas cocaleras en el VRAE, donde se han instalado cientos de los ahora gráficamente llamados “prostibares”, nueva palabra que da perfecta cuenta de lo que sucede en su interior, o en las calles de Iquitos o Pucallpa, o de Lima.

En un reciente reportaje publicado en el diario El Mundo de España, se informa cómo funcionan estos antros en los campamentos mineros informales en Madre de Dios, donde las diferentes instancias del Estado brillan por su ausencia.
“Los prostibares se clasifican en dos categorías según la etnia de las jóvenes. En los más baratos explotan a adolescentes de zonas altoandinas, a quienes apodan “ojotitas”, en referencia a las ojotas o sandalias campesinas que se utilizan en los Andes. Los mineros con más dinero acuden a cantinas de “cocoteras” o “chicas”, en los que pueden encontrar jóvenes selváticas o costeñas.” (2)

Los patrones discriminatorios subsisten en estos escenarios, en donde la explotación y la violencia a que niñas y adolescentes indefensas, alejadas de sus localidades, sin nexos o redes de protección, se ven sometidas de parte de los llamados “cafichos” o las “mamis” o de bien organizadas redes de tráfico son la clara imagen de las modernas formas de esclavitud en el siglo XXI. A diferencia de las primeras expresiones de esclavitud en el mundo, en las que sobre todo intervenían hombres que se iban a capturar a los que someterían a la esclavitud, esta nueva forma es un nicho también de mujeres, como se puede ver en los datos que nos proporciona el Sistema de Registro y Estadística del Delito de Trata de Personas y Afines (RETA-PNP) (3). Según éstos, de las 459 personas investigadas por trata de personas en el 2009, el 56% fueron mujeres. Aquí el género juega un rol fundamental, pues seguramente una familia entregará con mayor confianza a su hija a una mujer que a un hombre, lo que explica en buena medida el mayor porcentaje de mujeres involucradas en esta actividad.

Y en su mayoría mujeres siguen siendo las víctimas de esta nueva forma de esclavitud, como se refleja en las estadísticas de RETA, en las que se presenta que de las 659 víctimas de trata, desde el 2004, 617 son mujeres, y aunque no lo señala, podemos deducir que la mayoría son niñas y adolescentes, pues según el registro por edades, 380 están entre los 0 y 17 años.

“Nosotros cobramos 20 soles,” dice una adolescente prostituida en Lima en un reportaje de ATV (4), que resulta sesgado pero interesante por las imágenes y porque permite visibilizar la situación y las durísimas vivencias de las chicas. Sesenta soles pueden obtener en un día, la mitad será para quien las explota, la otra para seguir viviendo la vida que tienen, quizá también para el “vicio” como dice alguna, para el terokal que absorben para poder escaparse de la violencia que viven cada noche, y por momentos vivir la ilusión de tener otra vida, de que es posible que un día podrán hacer una familia, criar a los hijos e hijas que crecerán con un padre ausente, desconocido.

Y es que la maternidad, pese a que sin duda reducirá sus posibilidades de tener una vida diferente, se constituye en un hecho sumamente importante para ellas. Señala Paulina Vidal que “Ello estaría asociado por una parte a un sentimiento y necesidad de posesión donde los hijos son entendidos como “algo propio”, y por otro, a una posibilidad de crear vínculos afectivos.” (5) Ello queda claro en el testimonio de la chica entrevistada en el reportaje televisivo: “Ahora, si me prostituyo es para mantener a mis hijos, para yo comer y darle a mis hijos”, y ya no para el vicio, para fumar como antes, como si este hecho, su sacrificio la redimiera, le diera un lugar diferente en un mundo en que han sido colocadas únicamente como objeto, cosas disponibles para el deseo de esos otros que día a día violentan su cuerpo, cosificación que va mermando su autoestima, que las escinde subjetivamente y que a la larga es el elemento que las lleva a la autodestrucción, al ser incapaces de percibirse como sujetas de derecho.

Cuando por alguna razón se demoran con el cliente de turno, “nos rebuscan todo de pies a cabeza,” dice la entrevistada, dando cuenta de la expropiación total que viven, de su vida, de su cuerpo y de su tiempo. Todo esto sucede a vista y paciencia de la gente, tanto en Lima como en las otras regiones del país, y pese a la existencia de una legislación que se supone debería ser aplicada duramente a quienes usan y abusan de las menores ― como la Ley 28251, que establece penas de cárcel de 4 a 6 años para los usuarios o clientes del comercio sexual infantil, de 6 a 12 años para los proxenetas y de 6 a 8 años para quienes propicien el mal llamado turismo sexual infantil ― las niñas siguen siendo prostituidas. Vale insistir en este término pues es común encontrar en los titulares de diarios que las menores “se prostituyen”, como si de su voluntad dependiera.

Se hace imprescindible que las autoridades y la ciudadanía en general se concienticen sobre las implicancias que tiene para tantas niñas el verse obligadas a comercializar su cuerpo. Se hacen necesarias acciones concretas que incidan en el cumplimiento de las leyes y la responsabilidad del cliente y se requiere una mayor inversión en políticas y programas que posibiliten a los niños y las niñas oportunidades para una vida diferente, una vida en que no tengan que deambular por las calles y bares con sus vidas expropiadas y puedan vivir con dignidad ejerciendo su derecho a la felicidad.

 

Por Rosa Montalvo Reinoso
Noticias Ser Perú
madamrosa1@gmail.com
La Ciudad de las Diosas

 

Notas:

(1) “Fillette de cuivre”, canción de Francine Poitras, letra de Madeleine Pérusse www.youtube.com/watch?v=cS2JGHdFQlE
(2) “Las niñas del oro”, El Mundo, 4 de mayo del 2010, http://www.elmundo.es/america/2010/05/04/noticias/1272993937.html
(3) Ver la sección estadísticas que ofrece la página de Capital Social y Humano Alternativo http://chs-peru.com/chsalternativo/?id=E
(4) http://es.5wk.com/viewtopic.php?f=4&t=136568&p=1700768
(5) Paulina Vidal, “Prostitución infantil”, en UNICEF, Niños de la calle, Edición del Seminario Niño de la Calle, Chile, Enero 1990.